“Raíz que no desaparece”, de Alma Delia Murillo, novela sobre las madres buscadoras

 La más reciente novela de Alma Delia Murillo no sólo busca dejar testimonio de las desapariciones en México, sino ir a los orígenes de la vida misma a través de la naturaleza hasta llegar a lo onírico.

Se trata de Raíz que no desaparece, que tendrá presentación este 30 de agosto en esta capital, Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, y luego en el Hay Festival en Querétaro, el 6 de septiembre.

Murillo (Ciudad de México, 1977), autora de Las noches habitadas (2015), El niño que fuimos (2018) y el best-seller La cabeza de mi padre (2022), ahora se adentra en una realidad y drama nacional: el de los desaparecidos a través de las madres buscadoras.

El volumen de Alfaguara se basa en el acercamiento y entrevistas de la autora con diversas figuras maternas y colectivos en nuestro país, trata de su aportación ante la indolencia no sólo de autoridades sino de todos aquellos que parecen estar o sentirse en la periferia, pero más allá de lo periodístico y centrado en lo onírico y en la realidad botánica como metáforas.

“Quería contar esta historia porque soy mexicana y porque crecí en este país que en los últimos 20 años ha vivido la brutalidad, lo escandaloso e insoportable de fosas clandestinas, sin importar el sexenio, colores y/o partidos. Y sobre todo por la enorme frustración de ver que nos vamos habituando, lo cual puede ser peligroso, pues cada vez toleramos más, vemos videos violentos, muchas veces en situaciones que parecen suceder casi al momento”.

Sobre esto último mencionó el caso en enero de este año donde se captó a un perro cargando una cabeza humana en una avenida en Ecatepec, Estado de México; y recientemente el de Irma Hernández Cruz, maestra jubilada y taxista de 62 años que fue extorsionada por “cobro de piso”, más tarde secuestrada, torturada y asesinada cobardemente por un grupo delictivo en Alamos, Veracruz. Comentó:

“Necesitamos volver a humanizarnos, y no me refiero a los colectivos ni a las madres buscadoras, sino a los que hemos estado en la periferia de esto, por esas razones escribí este libro. Traté de enfocarme en una historia, la de ‘Ada’, una mujer que vive en ‘un pueblo’, no se dice en cuál pueblo, donde hay una ‘fiscalía’, y nunca digo cual fiscalía, y un personaje corrupto, ‘un licenciado” para redondear todo. Esto podría alcanzar una pátina de universalidad”.

Se lee en la contraportada del libro:

“Cuando Marcos era pequeño le dejaba cartas a su madre antes de ir a la escuela. Ahora se aparece en sus sueños, porque le quiere contar a qué lugar lo llevaron cuando lo desaparecieron. Ada está en una carrera contra el tiempo, porque teme morir antes de encontrarlo, pero de una cosa está segura: tiene que buscarlo en un árbol.

“En el corazón de la ciudad cortaron la palmera y en su lugar sembraron un ahuehuete que ha muerto por razones extrañas. Y la escritora quiere escribir sobre eso, denunciarlo. Así es como se cruza en el camino de Ada y de otras madres buscadoras que también sueñan dónde están sus hijos. Y aunque la fiscalía quiere enterrar los expedientes de los sueños, esas coordenadas indican a dónde fueron los desaparecidos con una precisión inexplicable. Los árboles lo ven todo. Testigos de la muerte que se acumula en sus raíces a manera de fosas clandestinas, y que se manifiesta en sus troncos y hojas, se convertirán en traductores de la búsqueda, en interlocutores entre la memoria, la ausencia y la esperanza. ¿Y si lo que ha sido silenciado estuviera hablando a través de los árboles?”.

La autora relató el momento que detonó el libro, en 2022, cuando vio una inmensa jacaranda desde su casa, y se cuestionó todo aquello que ese árbol tan inmenso podría percibir con su altura y profusa copa. Dijo en entrevista:

“Fue una reacción lúdica, me dije: ‘La jacaranda me está viendo a mí, pero también esta viendo todo lo que yo no alcanzó’. ¿Qué habrán visto los árboles? Luego sucedió lo de la palmera en la glorieta de Reforma que murió, después siembran en su lugar un ahuehuete, y éste también muere. Fue una metáfora perfecta para construir este relato”.

Contó que a partir de ello leyó sobre inteligencia vegetal al tiempo de acompañar a madres buscadoras, y luego un proceso de escritura que le tomó nueve meses, al grado de convencerse de que los árboles le hablaban. Relató con interés:

“Un árbol es un ser tan vasto y complejo, la manera de interpretarlo es infinito, es un símbolo poderosos de la vida porque crecen de la tierra, se alimentan del agua y el sol, por eso son axis mundo, porque conectan al inframundo con la tierra y el cielo, porque además nos cuidan, alimentan y nos limpian el aire. Y por otro lado, hay todo un tema puramente botánico y científico, poco desarrollado pero cada vez con mayor información, que demuestra la inteligencia vegetal, el 90% de la biomasa de la tierra es vegetal, se extinguieron los dinosaurios, muchas especies pero lo vegetal no. Y cuando no toman agua de las raíces las toman del tronco, desde las hojas cuando hay un ambiente húmedo, en fin. Y fui encontrando que en efecto se mimetizan con el ambiente.

“Por eso en la novela, Ada -acompañada de la narradora- cuando busca el árbol que en sueños su hijo le señala, se encuentra con unos árboles que tienen un hongo que se llama negrilla que semeja cuerpos necrosados que uso en la narración y que parte de un mecanismo real. Los árboles se mimetizan con el ambiente, y también se defienden porque tienen memoria vegetal, como esa plantita que se llama vergonzosa que cierra sus hojitas cuando la tocas, es un mecanismo que existe en distintas variantes del mundo vegetal como una defensa ante el peligro. Y en la novela menciono a los árboles que cierran sus hojas porque hay bencina (un combustible derivado del petróleo) o porque se queman cuerpos a su alrededor, y llegue a un punto en donde me dije: si todos estos mecanismos son reales -y ahí cito fuentes que le convienen a mi relato en relación a botánica-, entonces a lo mejor sí, los árboles saben que México está viviendo una epidemia de violencia, que se está infectando sus raíces… y llevé esa premisa hasta el final del relato”.

Siguiendo con lo onírico, Murillo profundizó sobre otro elemento que consideró muy importante, y que se desarrolla a la par en el libro: Los sueños como situaciones premonitorias, peculiaridad que la autora cree real por experiencia propia:

“Recuerdo que hablando con las madres buscadoras ellas me hablaron de los sueños que tienen con sus hijos, sueños premonitorios, y en efecto tiempo después esos pequeños símbolos -porque somos seres simbólicos, nuestra psique está hecha de lo que vive y siente y luego lo proyecta en un símbolo, y así soñaron ese árbol, el vestido con el que finalmente encuentran el cuerpo de su hija-, sueñan calles el nombre de la calle, o fachadas, o esquinas, o el portón y detrás una caballeriza.

“Les creo a la madres, pero las fiscalías no les creen, se burlan de ellas. ¡Imagina que más verdadero que esta madre o este padre sueñe con su hijo! La novela se alimenta en gran medida de estos sueños de estas madres que quieren incorporar a esos expedientes. Es lo que nos permite la literatura, que al no ser un texto periodístico y al no ser por fortuna de ningún sistema fiscal ni judicial, me pueda salir de esa lógica súper racional, hiper racionalizada, para incorporar ese elemento de los sueños”.

Culminó recordando que hay personas que se han acercado para contarle que no pueden leer el libro por lo doloroso que llega a ser, y aseveró que en efecto es un tema que duele, pero quizá ahí está la fortaleza para no evadir:

“Nosotros, los que no tenemos una persona desaparecida, tendríamos que entender, como me lo dijo una de las madres buscadoras que se llama Jaqueline Palmeros (del Colectivo Una luz en el camino): ‘Los desaparecidos son de todos’, por todo lo que eso significa para este país. Ojalá este libro acerque a aquellos que no quieren leer estadísticas, pero sí le interese leer una novela acompañada de árboles, poesía, sueños, y eso nos rehumanice”.